Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

I

Estado de México, 5 de marzo, 2019.- Mirada fulminante. Bastaba el áspero gesto de su padre, quien les vigilaba sentado frente a la máquina de coser apostada en un rincón del pequeño y mohoso cuarto que tenían por vivienda, para helar cualquier pueril movimiento que brotara de ella y sus dos hermanas. No asistían a la escuela. Tampoco jugaban con otros niños. Al baño, sólo en grupo, dos veces al día: una por la mañana, al despertar, todavía con los parpados adheridos por las lagañas matutinas; la otra, en la noche, previo a extinguir el único foco del cuarto. La mayor parte del día sentadas sobre la cama; registrando el infaltable andar del tiempo entre la radio y el monótono sonido de la máquina de coser paterna.

II

En el amor, la dinámica no fue diferente. Sus relaciones de pareja consistieron en duraderas jornadas en compañía de violentos hombres que cercenaron cualquier halo de confianza que pretendiera en ella germinar posterior a la muerte de su padre. Receta diaria: impías palizas y frases tormentosas que permitieron en su pareja el dominio pleno, al igual que su padre, a través de la mirada.

III

Una vez por semana el cotidiano traqueteo de la máquina de coser cesaba por algunas horas; día de entrega de la manufactura paterna. En el encierro las tres niñas rebotaban sobre la cama y competían por alcanzar el techo; inconsciente anhelo por abandonar la rutina a la que se les había condenado y separarse, tan sólo durante la fugacidad que otorga medio segundo de salto, de las sabanas y cobijas mal olientes, que como cadenas las contenían. A su regreso, de nuevo la mirada helada que las condenaba a la inmovilidad y al creciente deseo por la venidera semana que permitiera la ausencia paterna; de la misma manera como el perro que apesadumbrado por la violencia humana que le sacude a diario por inmerecidas patadas y le mantiene cautivo amarrado a un poste, crece la fútil esperanza naciente en el recuerdo del día que por unos minutos fue libre al reventarse la añeja cuerda.

IV

Mes tras mes, la barriga creciendo. Año con año, la conocida imagen de la mujer arrastrando los pies bajo el embarazo. Tres niñas; entre ellas, apenas un año de diferencia entre alumbramiento y alumbramiento. Sobre la piel repleta de jiotes y las uñas manchadas por la falta de alimentos en sus hijas, el vívido recuerdo de sus hermanas condenadas al rincón marchito de la casa en donde las crio su padre. La angustia acumulada en el gaznate al evocar la imperturbable mirada paterna y el delirio creciente que nace de la conjunción de los viejos recueros y los cotidianos nudillos de su pareja lacerando su piel sin pretexto alguno cada noche.

V

“¡Ahí viene la Medusa, ahí viene la Medusa!, gritan los niños afuera del edificio escolar. La mujer camina hacia ellos a paso lento, amenazante, cargando una bolsa de rafia roída. El aroma agrío, producto de años sin aseo, emana del cuerpo marchito. Los infantes corren, un poco atemorizados, a sabiendas de la leyenda que circula en las calles de la colonia y que narra que aquella mujer de cabellera sucia y desordenada, convirtió en piedra, producto de su mirada hechizada, a sus hijas y esposo, y ahora carga en la bolsa vieja de rafia sus cabezas.

Para los adultos la historia es diferente. Por eso contemplan serenos a la mujer que avanza hacia los niños con la mirada fría, triste, desolada; el mismo semblante que se instaló en su rostro cuando su esposo se marchó sin avisar con sus hijas.

“¡Ahí viene la Medusa, ahí viene”, gritan mientras buscan un escondite.

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