Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 15 de abril, 2019.- Crecimos arropados por la sombra de cientos de eucaliptos sembrados medio siglo atrás para desecar la ciénaga que se formaba durante las lluvias de verano y que permanecía como espejo oculto bajo una densa capa de lirios y pastos multicolores la mayor parte del año.

Cuando el humedal por fin desapareció, arribaron los desaforados vientos, maldición bíblica que formaba tolvaneras interminables nacientes en el ausente humedal, y que sembraron un tono rojizo y un persistente ardor en los ojos de quienes habitábamos aquella región.

Vivíamos en las afueras de la ciudad; en un excepcional oasis enclavado justo entre el fin de la pesada industria urbana y los campos de monocultivo que se extendían a lo largo de varias regiones. Zona olvidada entre las nubes de hollín de la urbe y los tractores abriendo surcos entre la tierra de la zona agrícola. Fuimos los marginados, comunidades sin nombre: no pertenecíamos a la ciudad; tampoco al campo agrícola.

Montados en las copas de los eucaliptos, durante el atardecer, observábamos una a una las luces citadinas que como en enorme candelabro encendían todos los días. Fuimos testigos del monstruoso andamiaje ingenieril que erigió edificios de oficinas enormes que resplandecían tanto como nuestra ciénaga asoleada durante las mañanas de invierno.

Las autopistas y las unidades habitacionales de arquitectura homogénea crecieron a la misma velocidad que nosotros convertíamos los pantalones zancones en prendas derruidas a causa de los juegos. La ciudad se transformó en una masa amorfa de periferias habitacionales grises y plazas coloniales aburridas, de periféricos viales atestados de autos casi inmóviles y centros comerciales atiborrados; y nosotros la vimos cambiar desde el palco que fue la línea de eucaliptos junto al erial que se posó sobre la ciénaga.

Para el habitante de la metrópoli sólo existían nuestros terruños en razón de sus días de descanso: ¿Domingo? Día de campo por la pantanosa franja que se llenaba de ranas y sapos durante el verano. ¿Día feriado? La oportunidad para ver trotar jamelgos sedientos y borregos con gamborimbos ásperos. ¿Navidad? Paso obligado hacia las montañas convertidas en anuales tiendas expendedoras de árboles navideños y de fotografías para los niños junto a venados risibles y descorazonados.

Fuimos página central en los periódicos de la ciudad cuando, durante el estiaje, los pastos secos que circundaban la antigua zona pantanosa ardieron por una cerilla olvidada;  relumbraron durante un par de semanas, cubriendo de una capa de terso hollín las sábanas blancas y la ropa recién lavada que decoraba los tendederos de la metrópoli.

Hoy, la ciudad avanza irremediable hacia nosotros, con sus pistas de aterrizaje aeroportuarias posándose sobre antiguas zonas de juego, ahora en el recuerdo. Los eucaliptos ceden al embate del trascabo que necio les jalonea hasta tumbarlos. Las polvorientas calles se llenan de concreto y los jamelgos, hoy, son ornamento innecesario.

De la antigua ciénaga sobrevive su colorido recuerdo sobre el mural del Palacio de Gobierno que recuerda tiempos primigenios de la región; también perdura en las fotografías de mi abuelo, montado a caballo, posando junto a infinitos grupos de aves blancas, habitantes usuales del espejo húmedo llegadas con el invierno.

Avanza, irremediable, la metrópoli.