Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3 

Vecinos

Estado de México, 28 de julio, 2019.- “Digan buenas noches y caminen sin voltear”, recomendaba mi abuela a mis primas cuando regresaban de trabajar y tenían que transitar frente a la abarrotera de don Camilo, punto de encuentro de marihuanos, piedrosos y demás elenco del escuadrón de la muerte local. “Es mejor estar bien con esos maleantes. Uno nunca sabe cuándo los va a necesitar”, declaraba, solemne, mientras cenábamos y sus nietas realizaban el recuento de chiflidos y versos que brotaban de las voces aguardentosas reunidas en la esquina. Y una mala noche en la periferia citadina, un chofer de taxi sostiene un puñal sobre el pecho de mi prima Sofía y la obliga a subir al vehículo, pero el escuadrón de la muerte irrumpe y, entre botellas, botas obreras con casquillo y charrascas oxidadas, repelen el ataque. Al otro día son primera plana en los periódicos locales. Pero, sobre todo decretado por mi abuela, abandonan el grado de maleante y les es conferido el rango de vecino.

Solidaridad

Sobre decenas de hectáreas de suelo que hace apenas unos años fungieron como delicadas esteras de trigo anuales, hoy se erige una unidad habitacional que contiene centenas de familias que han nutrido las calles de un pequeño poblado enclavado a las orillas de la metrópoli. Los habitantes originarios, cada vez más quietos y parlanchines, evocan historias plagadas de mejores tiempos en los cuales la mayor preocupación local era el robo de elotes que se acentuaba durante el mes de septiembre. “Eran otros tiempos”, confiesa don Antonio y se recarga, meditabundo, sobre su sombrero durante algunos minutos. Los estadistas locales declaran que el robo a transeúnte y casa habitación ha crecido desde la construcción del complejo habitacional, por ello “aquellos”, los de “allá arriba”, son ahora el enemigo público, el temido intruso que ha desvalijado la calma del añejo pueblo.  Una mañana de octubre el acólito entra al templo de la comunidad y toca las campanas en ritmo bravío para anunciar el hurto de la imagen del patrono del pueblo. Furibunda, la turba recorre las calles y clama: “¿Quién fue, quién la ha robado?” “Seguro fue alguien de la unidad”, responde una voz. Camino a la unidad un par de hombres desconocidos son detenidos: cargan en un costal de rafia la imagen del santo y las exiguas limosnas de la iglesia. “¿De dónde son, de dónde son?”; cuestionan sobre los detenidos. “Son del pueblo de enfrente”, confiere un habitante de la unidad. Entre palos y botellas los vecinos (añejos y recién avecindados) dialogan y el acuerdo nace: las llamas refulgen y devoran a los ladrones. La captura permite el acto solidario, el abandono de viejas afrentas y el surgimiento de una nueva comunidad; todo ello bajo un nuevo y común enemigo: el pueblo de enfrente.

Derribando muros

La pequeña colonia rodeada de muros, en una poco útil búsqueda de mayor seguridad. El miedo y la fobia al de afuera se patenta por paredes de tres metros de altura que recuerdan antiguas ciudades fortaleza. Durante la noche, el incendio tras el flamazo de un tanque de gas crece incontrolable entre las azoteas de las casas dentro de la muralla. Los bomberos atienden la emergencia y llegan a la zona puntuales; pero la puerta –único acceso al interior de la colonia– no abre, tampoco cede a los embates del camión cisterna que urge por entrar a sofocar las llamas. En un par de minutos todas las azoteas arden. Los vecinos observan con los ojos llenos de tizne sus ardorosas casas; mientras la ayuda se queda afuera, del otro lado del muro, detenido por la reja.

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