Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 18 de abril, 2019.- De su triciclo saca un trozo de tela que alguna vez fue cortina o mantel de alguna desvencijada mesa; lo extiende cuidadosamente sobre el asfalto y le coloca cuatro tabiques encima. El lugar está seguro; no hay, entre tianguistas, ley más respetada que la de un viejo mantel indicando que el lugar está apartado.

A las ocho de la mañana las calles borbotean de gente rumbo al trabajo, el mercado o la escuela. El alumbrado público ha cedido. Grupos de mamás corren arrastrando a sus hijos cual papalote sin cola rumbo a la primaria. En la calle principal el paso a los automóviles ha quedado vedado y los tianguistas cargan bolsas de plástico, palidecidos costales de azúcar, huacales de madera, cajas de plástico y grandes envoltorios de tela, atiborrados de  objetos usados.

Rockero pone manos a la obra y comienza a colocar su mercancía. De cajas de huevo saca libros usados y películas con envoltorios arrugados; acomoda todo con exhaustiva calma y corona su labor instalando un letrero que indica “DE A DIEZ PESOTES. ¡LEVÁNTELE!”.

De otra caja saca decenas de juguetes pequeños –muchos repetidos–, muñecos que alguna vez fueron obtenidos al cambiar fichas o envolturas de pan del osito en la tiendita. Por último, entre tanto cachivache, coloca algunos pares de calzado remendados hasta el cansancio: un par de botas vaqueras chuecas,  unos tenis percudidos, zapatos escolares y un par de calzado industrial con la punta metálica tan brillante que parece espejo. Ante el orden impecable de su puesto, Rockero sonríe.

La mañana avanza y con ello el ruido crece cual gallinero en peligro. Cada vendedor se desgañita de manera heroica por ofrecer sus productos, como si la crecida en el volumen de las voces, encimadas unas sobre otras, garantizara la venta del día: ¡Pásele, pásele! ¿Qué le vamos a dar? ¡Levántele, sin compromiso, sin pena, mamita, que si no, no se va a animar! ¡Barato, barato! ¡Aquí puro producto robado pero no caducado! ¡Garantizado!

Rockero no grita, aguarda sentado en un banco de plástico mientras lee un libro. Ocasionalmente se levanta y reacomoda sus productos; se despereza y, aburrido, platica con otros vendedores de chácharas, como llaman a los productos usados en el tianguis:

–¿Ahora que traes para vender? –pregunta, Rockero

–Unas sombrillas destartaladas, tapetes de auto y estos patines sin ruedas. Y, ¿tú?

–Lo de siempre. ¿Y aquel que trae?

–Trapos, unos pedazos de hierro, bocinas, trofeos despintados, unas llantas de carro y la bici que ya no usa su niña.

–Está suave. A ver que sale –responde Rockero y vuelve a su puesto al ver a una señora acercarse.

–Levántele, jefa, con confianza –pide Rockero un poco emocionado.

–¡Gracias, joven, nada más estoy viendo –confiesa la señora, que pasea un famélico perro casi ahorcado por una cadena vieja y oxidada–, ¿de a cómo los zapatos de niño?

–Cincuenta pesitos, chéquele, están buenos.

–¡Uh, no! ¿Ya es lo menos? –regatea.

–Sí, jefa. Están buenos, casi nuevos, todavía traen las agujetas, mírelas.

 –No, joven, gracias –sentencia, coloca los zapatos en su sitio y se aleja arrastrando al perro que casi toca el pavimento con la lengua.

–Ándele, jefa, deme 40 –insiste Roquero, pero le ignoran.

–¿Qué pasó, Rockero? –escucha que pregunta Eustaquio, el vendedor de gelatinas,  sin mover la cabeza, con los ojos quietos detrás de las gafas y la sonrisa burlona dibujada en la dentadura–. Los quieres vender como nuevos, ni que fueran de catálogo.

Rockero ignora las burlas, pero el día avanza y pocos se acercan a su puesto. Mira con envidia a su vecino que ha vendido un juego de desarmadores y un par de martillos; pero más envidia le da la torta que con evidente placer se embucha. En  los puestos aledaños la gente se arremolina buscando entre los montones de ropa algún trapo que les quede: calzones, pantimedias, pantalones, sudaderas, playeras y hasta trajes de baño. En otros, el gentío pregunta por tapones de auto y espejos retrovisores; edredones manchados y cortinas apolilladas; televisiones sin sonido y estuches de maquillaje; puertas de herrería y marcos de ventanas; vajillas incompletas y ollas despostilladas; bicicletas sin asiento y botellas de perfume vacías; alfombras polvorientas y monedas añejas. Con un poco de suerte encuentran lo que necesitan.

–¿Ya ves Rockero? –insiste Eustaquio–, ¿para qué quieres vender libros y películas disque de arte? Eso no sale. A la gente tráele películas de esas para adultos, con muchachas sin ropa y hombre inflados. Esas sí se venden como pan caliente. ¿Para que traes tus libritos? Eso es basura, hermano, eso no se necesita; tráete unos cuentos, unas revistas de chismes, dos o tres caricaturas y listo, con eso ya la armaste. Ya ves: yo nada más aprendí a leer y ciego me quedé –remata, reventando en carcajadas.

El Sol ha cruzado el cielo y comienza su descenso por el occidente citadino. Las sombras crecen y algunos pájaros vuelan en busca de un nido desconocido. Avanza la tarde, los niños salen a jugar a las calles después de la escuela y los puestos del tianguis, lentamente, comienzan a ser levantados.

–Vámonos, Rockero. Nada más viniste a perder tú día. Te hubieras quedado en tu casa a rascar la barriga.

Rockero se resiste, aguarda con la esperanza de vender algo que componga el día; abrillanta las botas, reacomoda los libros y sacude las películas. Siente el peso de la mirada ausente de Eustaquio y su lastimera sonrisa.

–Estuvo jodido, Rockero. Vámonos, ya será para dentro de ocho días.

En silencio levanta sus cosas. Cuidadosamente apila las películas y guarda los libros uno a uno, procurando evitar que se maltraten. Las cajas lucen llenas y, poco a poco, dentro del triciclo las apila. Mientras guarda el calzado una mujer le aborda:

–Entonces qué, joven, ¿ya es lo menos por los zapatos?

–Le digo que cuarenta, damita –responde contento.

–Treinta, joven.

–Órele, pues, lléveselos –contesta rendido, con el semblante sonriente, mostrando los dientes. 

Henchido de orgullo levanta los zapatos,  les lanza un escupitajo y con la manga los pule. Rockero está contento. Su estómago gruñe; las tripas crujen, chillan, gritan como críos hambrientos que exigen sanar la mala costumbre del hambre; pero saborea victorioso la venta, aunque le tomara toda la tarde. Extiende el calzado y sonríe de nuevo.

–Nada más que me los guarda para dentro de ocho días, joven, porque hoy ya no traigo para pagarle.

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