Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Morelia, Mich., 17 de febrero, 2020.- Llueve.  El furgón de pasajeros aguarda su turno para cruzar y girar a la izquierda sobre la calzada cuando el semáforo regale al vespertino ornamento citadino su tono verde. Es el primer vehículo a la fila. Detrás del enorme armatoste, una veintena de autos esperan para realizar un idéntico movimiento.

El tono del semáforo cambia a prisa y en su resplandor sus luces parecen mudarse por algunos segundos a los espejos sobre el concreto que son los encharcamientos llegados con la lluvia. Después de unos segundos, cada color se marchita: verde, ámbar, rojo; verde, ámbar, rojo; verde, ámbar, rojo…

El último auto en la fila tendrá que aguardar diez minutos para realizar el movimiento. La espera es larga; la acentúa la lluviosa tarde que empantana las llantas y regala un nostálgico acento a los motores que rumian el combustible y ofrendan una cálida bocanada de smog que nutre las eternas nubes grises que techan la metrópoli.

El semáforo se mueve al ritmo del viento y responde la reverencia a los árboles que sacudidos por el viento parecen saludarle con sus ramas más largas. La luz cambia: de nuevo verde.

Mientras esperan, una motocicleta negra ocupada por dos hombres serpentea entre los vehículos. Intenta adelantar al autobús y así evitar aguardar su turno en la fila que avanza durante efímeros momentos a cada cambio de semáforo.

Ante el cambio de luz, el conductor del camión en primera fila presiona el embrague del armatoste, ajusta la palanca de velocidades y la marcha se reinicia. Las desgastadas llantas giran sigilosas y el carromato avanza tres metros antes de detenerse de forma violenta, sacudiéndose como perro después de una obligada ducha. La violenta maniobra de quien conduce la motocicleta provoca el intempestivo alto del autobús. En su interior, el bronco movimiento zarandea la cabeza de los pasajeros y pone en alerta a aquellos que dormitaban recargados sobre las ventanas empañadas.

Enfadados, los hombres sobre la motocicleta se detienen frente al autobús y comienzan a manotear y vociferar inentendibles frases que se estrellan contra el diáfano parabrisas. El conductor sonríe y mueve la cabeza en negativa de un lado a otro. El resto de autos a la fila ofrendan rítmicos bocinazos exasperados por el retraso.

–¡¿No qué, wey, no qué?! –se escucha la voz de uno de los tripulantes de la motocicleta cuando baja de ella y se acerca lo suficiente a la ventanilla del conductor del enorme camión. El conductor continua sonriendo y moviendo la cabeza en negativa como incansable péndulo–. ¡¿No qué, wey?! –insiste, pero el chofer perpetua la sonrisa.

A cambio de su hilarante gesto, recibe un verdoso escupitajo que logra colarse a través de la ventanilla del autobús y se abraza a su puente nasal y escurre milimétrico cubriendo los poros de su rostro rumbo a los labios. El chofer estira el brazo y coge del tablero una franela gris que usa como pañuelo. La sonrisa desaparece y sobre su rostro se instala una dolorosa mueca que se acentúa con los bocinazos y gritos nacidos en los autos detenidos detrás de su armatoste con ruedas.

Satisfecho, el hombre regresa a la motocicleta e intenta montar a ella cuando de entre las llantas del autobús surge un silbido de aire que anuncia la liberación de los frenos y el armazón gigante avanza un par de metros hasta empujar con la alta defensa a los tripulantes y derribarlos.

El silencio se apodera de la calzada. Tampoco las bocinas suenan. La luz del semáforo cambia un par de ocasiones pero ningún vehículo se mueve. Todos observan desde el palco en que se ha convertido su asiento al interior de sus autos y les ofrece la mejor vista ante el embiste.

Delator, el rostro de ambos hombres emerge parco, sumergido en el horror, cuando ambos salen debajo del camión con las rodillas del pantalón y las manos embardunadas con lodo.

Aterrado, el hombre que conducía la motocicleta retrocede y trepa de un salto al camellón de la calzada. El otro, todavía con el resabio salado del escupitajo recién lanzado, camina hasta la puerta del autobús, se tienta entre las ropas y toma de la cacha una pistola que porta oculta.

–¡Me querías matar, perro, me querías matar! ¡Ya te cargo la chingada! –grita mientras con el arma golpea el cristal de la puerta.

Al otro lado, junto a la ventana, el otro hombre busca entre su ropa y encuentra una pequeña cartera de la cual extrae una credencial. Se acerca más al autobús y muestra la identificación al chofer; éste apenas se conmueve, pero ofrenda una enorme sonrisa que instala en su rostro y provoca la ira en el agente armado, quien estrella su bota una y otra vez contra la puerta del vehículo.

–¡Somos policías! –se escucha de nuevo.

Hastiado, el hombre al volante se pone de pie, toma de la guantera un objeto y hala una palanca junto al tablero: la pesada puerta se abre muy despacio. El chofer avanza y comienza a descender sobre los escalones. En su mano sostiene un tubo de acero que reluce ante el cambio de luces del semáforo.

El agente grita mientras retrocede empujado por el rostro sonriente del hombre que impasible avanza hacia él. Le exige se detenga. Sus manos tiemblan y la pistola vibra mientras apunta a la cabeza. La llovizna insiste; escurre sobre la pintura de los autos hasta tocar el concreto; también viaja sobre el rostro angustiado de los oficiales y lava sus ropas manchadas de lodo.

El primer golpe atiza sobre la mano que sostiene el arma y ésta cae y resbala debajo del camión, junto a la motocicleta derruida. El siguiente porrazo retumba sobre la sien del aterrorizado agente y éste se desploma como un juguete al que le han quitado las baterías. El chofer se detiene frente a él, posa su lustroso zapato sobre su mentón y le acomoda el rostro como si mirara hacia el cielo. Carraspea; gargajea furioso como el ladrido de un perro enfermo, y el profuso sonido se cuela hasta el interior del camión, desde donde los pasajeros observan enmudecidos la escena, y contemplan el escupitajo escurrir desde la boca del chofer hasta tocar los tibios labios del hombre desmayado.

Satisfecho, el chofer levanta la cabeza y busca la mirada del otro oficial que le examina extrañado. Camina hacia él, pero éste corre hasta el otro lado de la calzada y se cubre detrás de una cabina de un teléfono público. Redirige su marcha y vuelve al camión; sube los peldaños, presiona la palanca de cerrado de la puerta y sonríe; sonríe orgulloso mientras el furgón inicia su marcha y arrastra por media centena de metros la motocicleta sobre el concreto.

La luz del semáforo cambia. La fila de autos avanza. El hombre recupera el aliento y siente sobre su rostro el cálido escupitajo. Su compañero cruza la calzada e intenta ayudarle. El autobús se aleja; se pierde tras el reflejo de la luz del semáforo en los lejanos encharcamientos.

Llueve.

noestoylocoemilio.blogspot.com

Facebook: /el.emilio.666

Twitter: @Emilixxx