Emiliano P. Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 18 de mayo, 2019.- En el remanso de antiguas zonas rurales que dotaron a la ciudad durante decenas de años de alimentos primarios, la lluvia forma pequeñas escorrentías que después de un breve viaje entre las endurecidas tierras desembocan en la coladera que como lunar en terso cuerpo resalta del concreto que ahora gobierna las calles.

Tras la lluvia, ya no brotan millares de renacuajos que después de algunos días abandonaban su primigenia forma para dotarse de alargadas ancas que les permitían moverse entre charco y charco y llenar las noches más frías de noviembre con cánticos anfibios para curar el insomnio más recalcitrante. 

Tampoco se transforman las pedregosas calles en efímeros riachuelos, después de interminables periodos de lluvia ininterrumpida, capaces de arrastrar los barcos de papel mejor diseñados por inocentes manos artesanas de niños enfundados en sudaderas viejas y botas lecheras brinca charcos, sólo extraídas del armario familiar llegada la temporada de lluvias.

Han quedado en el olvido, resguardados en el rincón de la memoria más oscuro, dentro del baúl oculto, las mañanas camino a la primaria después de una noche de tormenta eléctrica: calles húmedas abrazadas por el tímido sol mañanero, el aroma imprescindible de la tierra mojada, los enormes sembradíos de maíz y trigo y alfalfa y alcachofa en engreído enverdecido.

También los juegos se ausentaron; las duraderas cascaritas cobijadas por pesadas estelas de lluvia que pesaban sobre los hombros tanto como el ímpetu por ganar el partido a pesar de las gargantas cerradas, los estornudos y las narices en escorrentía que brotaban tras la lluvia.

Hoy únicamente quedan las calles mojadas, decoradas por el perene y mortuorio concreto; sólo permanecen las ganas de vigilar las gotas de lluvia que se desploman sobre los techos acartonados de pasmosas e interminables unidades habitacionales, otrora campos de cultivo de maíz, de alcachofa, de alfalfa, de historias que hoy nacen –como hace algunos ayeres– con la lluvia, pero escurren a la coladera más próxima y se pierden sumergidas en el drenaje.

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