Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

 Estado de México, 22 de marzo, 2019.- Está chimuelo, pienso. Le miro la boca y le falta un par de dientes. La nostalgia le abigarra la voz. Siento que las lágrimas brotaran bajo sus parpados en cualquier momento, pero no sucede. De pronto, reparo en nuestro viaje en autobús. Cada vez hay más asientos vacíos.

El niño con la gorra roja y la mujer que dibujaba a Mickey Mouse han desaparecido. Seguro bajaron en la parada anterior, reflexiono. Los frenos del camión rechinan constantemente. El chofer acelera y frena intempestivamente una y otra vez. En las calles la niebla no cede; resulta milagroso ver más allá de un par de metros. El autobús se hunde en cada bache, en cada hoyo que en el concreto encuentra. Los autos aparecen en los cruces invisibles del boulevard y el chofer hunde el zapato en el pedal de freno. Me aferro al tubo del asiento frontal y de nuevo escucho la voz de mi compañero de asiento.

–Me tiró dos veces, mano. Dos veces me arrodillé frente a él. La nariz me sangraba y podía escuchar ese magnífico sonido de las gotas de sangre reventando contra la lona del ring. Recuerdo los gritos de la muchedumbre al verme arrodillado. La gente no disfruta los golpes, mano; tampoco admira el esfuerzo, ni la técnica, la gente prende la televisión o llena las arenas para verte arrodillado, tendido sobre la lona fría que huele a sudor y a sangre y a vaselina agría. No hay nada más emocionante que para la raza que ver a alguien que es incapaz de levantarse. Pero eso no importaba, mano, yo escuchaba las gotas de sangre que brotaban de mi nariz y reventaban en la lona, porque así es esto: a veces se gana, a veces se pierde.

De nuevo los ojos cristalinos y la voz temblando ante el recuerdo.

–Pero ayer me fue a ver mi madre. Ella que siempre me mira llegar del gimnasio, con los pómulos endurecidos y los dientes cada día más flojos, y sólo suspira; ella que jamás me iba a ver pelear porque no entendía cómo podía yo golpear a otro cristiano, a un semejante, a un hermano ante Dios. Vino tu mamacita, me dijo Pablito; y yo nervioso, como si fuera la primera vez que me calzaba los guantes, la miraba desde mi esquina. La saludé y se persignó una docena de veces: una por cada golpe, pensé.  Me sentía como conejo lampareado, sediento y sin aire antes de soltar el primer golpe. Tienes que echarle el doble de ganas, hijo, vino tu mamacita, seguía diciendo Pablito, mientras yo sacudía los brazos y brincaba sobre la punta de mis zapatillas esperando a que el presentador terminara su letanía. Ahí estaba mi madre, mezclada entre los gritos y silbidos en la arena; y también estaba el miedo y la ansiedad y el vergonzante pensamiento de fallar frente a ella. Y de pronto la campana suena y uno, sin sentirse listo, empieza a cabecear y fintar y countear. Y ahí tienes a tu oponente, que jamás en tu vida lo has visto antes del día del pesaje pero igual te mira con un odio inexplicable que te recuerda al difunto de tu padre. No sonríe y aprieta los dientes cada vez que lanzas un golpe, porque aunque lo veas grandote a él también le duelen, y entonces puja y resopla y te mienta tu madre en cortito, en el mero clinch, para hacerte enojar; y tú le pegas en la nuca, mientras el referí anda papando moscas, nada más para hacerlo enojar y que vea que también eres del barrio, hasta que de nuevo el referí regresa y grita ¡suéltalo, suéltalo; peleen limpio!, y de nuevo el uno dos y el cabeceo.

La gente se aferra a sus asientos y algunos pasajeros comienzan a silbar. Las mujeres sugieren precaución al chofer que sólo sonríe y sube el volumen a su equipo de audio. El autobús toma velocidad mientras asciende el paso elevado del bulevar y yo intento mirar la ciudad desde lo alto del puente, pero la niebla no cede y los edificios son objetos perdidos en el mar de nubes.

–No le pesaba la mano, no pegaba duro. Bajaba los brazos y le ponía la cara para provocarlo y de pronto el aroma a piel del guante se me adhería en el hocico, y yo como si nada. Pero me faltaba el aire. Me sentaba en la esquina al escuchar la campana y miraba el porte grave y preocupado de mi madre, sus ojos afligidos y las manos cruzadas como si rezara. Pablito me ponía hielos bajo el calzoncillo  y me revisaba las cejas lastimadas y me gritaba que tenía que echarle ganas porque ahí estaba mi mamacita… y de nuevo el sonido de la campana. Pero no pude, me cazó despacito y me dejo arrodillado después de un par de golpes. Me dolía, no el cuerpo ni los golpes, me dolía saber que mi madre lo había visto, y ya no quise levantarme.

A través de la niebla, el autobús acelera  y esquiva algunos autos hasta que inevitablemente se dirige al muro de contención del puente. Escucho el crujir de fierros y fibras desmoronándose y me aferro al tubo del asiento. Una mujer grita y percibo cómo me separo del asiento, como si flotara. Alcanzo a mirar  por un segundo a través de los vidrios y la ciudad sigue invisible tras la cortina de nubes. De reojo, observo a mi compañero de asiento apretar los dientes y rebotar contra el techo del camión. La botella en su bolsillo se aplasta y revienta; el aroma dulzón del alcohol relaja la escena. Un segundo, dos segundos… y, de pronto, el bestial impacto contra el concreto. La música desaparece, también los gritos de la gente. Me duele la cabeza y no puedo incorpórame. Nos caímos del puente, pienso. Mi cuerpo tendido sobre algún asiento roto, entre cristales y fierros retorcidos. Frente a mí, mi compañero de asiento. Observo sus pómulos resecos y sus labios marchitos, también las viejas cicatrices que se disimulan bajo las cejas. Yo lo conozco, pienso. Intento recordar dónde le he visto pero el dolor en la cabeza crece. Le reconozco: es el boxeador que anoche perdió el campeonato en la televisión, el que lloraba como niño abajo del ring abrazado al regazo de su madre. Sonrío y cierro los ojos. Los demás pasajeros también lo hacen. Evoco sus palabras frescas: a veces se gana, a veces se pierde. A lo lejos, en algún punto entre la niebla, se eleva el aullido melancólico de una ambulancia.

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