Emiliano Pérez Peralta/Noticias y Debate M3

Estado de México, 21 de marzo, 2019.- Niebla. Niebla que cubre las banquetas e impide ver más allá de un par de metros. Sobre el boulevard los focos del alumbrado público apenas brillan, aletargados detrás de las nubes bajas. La gente sale de entre la bruma, con medio rostro escondido tras la bufanda, o el mentón clavado en el pecho y las manos escondidas dentro de los bolsillos del pantalón, y desaparecen sin levantar la cara, con la mirada siempre adherida al concreto. El sol secuestrado, atrapado detrás de la telaraña fina trazada por las nubes. Algunos autos, invisibles tras la niebla, ronronean por avenidas aledañas. Las calles devoradas por la neblina, atesoradas detrás de la cortina húmeda, como si esperaran, como si aguardaran el momento de levantar el telón e iniciar la rutina citadina diaria.

El autobús se detiene frente a nosotros. Los escalones de ascenso crujen a causa del frio matutino y amenazan con desbaratarse bajo las suelas que mansamente los recorren. Los asientos del autobús poco a poco se ocupan y el calor que emana de los cuerpos empaña inevitablemente los cristales. Recorro el pasillo y me instalo al fondo del vehículo; cruzo los brazos y observo cauteloso la nuca de aquéllos que han tomado su lugar y me muestran su espalda. A la mitad del camión, un niño, recargado sobre sus rodillas, me observa. Le sonrío y me convida el mismo gesto. Su madre le reprime y de un jalón lo acomoda en el asiento. Puedo ver su pequeño gorro rojo, adornado con un pompón en la punta, balancearse mientras el camión recorre el boulevard. Una mujer, un par de asientos frente a mí, se quita un guante y recarga la punta de su dedo sobre el vidrio y comienza a delinear un sonriente Mickey Mouse. El niño de gorro rojo la mira y parece disfrutar de los trazos. La mujer termina y exhala sobre la ventana; abre la boca y deja salir una nube cálida que desdibuja poco a poco la sonrisa del roedor.

–Ayer me tocó pelear, pero me ganaron –escucho la voz de mi compañero de asiento. Giro levemente la cabeza y lo miro de reojo, precavido. Él me observa directamente a los ojos, mientras se soba las manos como si intentará calentarlas–. Ayer me tocó pelear, mano, pero me ganaron –vuelve a repetir.

Le sonrío y simulo mirar hacia el otro lado del camión, pero en los vidrios enormes  sólo se acumulan gotas de agua que escurren al rítmico zangoloteo del vehículo. Me acomodo y clavo la nariz en mi chamarra, fingiendo un intento por dormitar, pero a él no le importa.

–Ayer me tocó pelear, pero me ganaron. Me noquearon. Ni modo: a veces se gana, a veces no.

El hedor a alcohol barato brota de su gaznate. Sostengo la respiración y giro la cabeza para mirarlo. Su nariz torcida, hinchada, me atrapa. Recorro lentamente su rostro y miro sus parpados y cejas endurecidas, y los labios secos, quebrados por el frío que es dueño de las calles, pero aquí, dentro del camión, ha desaparecido entre los cuerpos apretujados. En la comisura de la nariz una costra de sangre se aferra a su rostro como única evidencia de sus palabras.

–Me ganaron en el séptimo. Me dejó sin aire. Me levanté del banco y las costillas me ardían, como si en lugar de agua y hielo y vaselina me hubiesen embarrado vaporrú. Me levanté ya sin aire y poco a poco, despacito, me fue cazando. Me desinfló paciente. Ya no pude levantarme. Ni modo: a veces se gana, a veces se pierde.

Mientras habla se soba los nudillos hinchados y ennegrecidos. Coloca las manos sobre su regazo y tantea el bulto que se dibuja en el bolsillo. La tapa de plástico de la botellita de chínguere asoma; la saca y cuestiona si me molesta; muevo la cabeza negando, bebe de ella y de nuevo la regresa a su bolsillo.

–He noqueado a doce. Todos al hilo. Nada más veo como las rodillas les tiemblan cuando sienten mi guante, y de pronto ¡zaz!, como si le quitaran las pilas a un juguete, se desploman con los ojos en blanco. Doce, mano, doce. Ni modo, a veces se gana, a veces se pierde.

Los ojos enrojecidos por algo más que el alcohol y los golpes y el recuerdo de los puños exprimiéndole el estómago la noche anterior.

–Ya no salgas, Toñito, ya no salgas, me decía Pablito, mi manager. Me sobaba las costillas y me aventaba kilos y kilos de hielo bajo el calzoncillo, dizque pa’ que despertara. Pero pus yo no estaba noqueado, nada más ya no tenía aire. Ya no salgas, Toñito, repetía. Cómo no voy a salir, Pablito, apoco quieres que nos crean rajones, le dije. Y Pablito sólo me miró y embarró mi pecho con vaselina, para que patinaran los guantes.

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